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Hacer un icono, construir un icono, pintar un icono, escribirlo es, además de un trabajo de tiempo paciente y duro, un rito, un rito genuino, auténtico. A la indudable habilidad manual, el previo estudio histórico y la disposición de los materiales, hay que añadir lo más importante, una singular actitud espiritual "La luminosidad espléndida que debe brotar del icono, no puede hacerlo si antes no lo ha hecho en la mente y en el corazón del pintor".
 

Así lo entiende Carmen del Cerro. 


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